Accidente del café
Escucho unos golpes suaves en la puerta.
—Servicio de habitaciones. —Adelante.
La puerta se abre y entra una de las asistentas empujando un pequeño carrito. Es una zorra de pelaje claro, probablemente la misma fenec que nos atendió alguna vez. Sus enormes orejas se mueven ligeramente mientras coloca las cosas sobre la mesa.
—Traigo sus nuevas prendas, también un café como lo pidió.
Enseña una caja de cartón sobre el carrito donde se encuentra mi nueva ropa.
—¿Quiere que la ayude a guardar la ropa?
Asiento agradecida mientras observo cómo saca todo de la caja para dejarla a un lado. Mientras observo el café humeante que está en el carrito.
El olor llega enseguida hasta mí. Tomo la taza con ambas manos. En cuanto mis dedos rodean la cerámica siento un dolor agudo.
—¡Ay!
La suelto de inmediato.
La taza cae hacia delante y el café sale disparado. Por desgracia la trayectoria va directamente hacia la falda de la asistenta que suelta un profundo grito.
Tan rápido como puedo trato de separar la falda y quitársela para evitar que todo empeore.
—Perdón, perdón de veras.
Conseguimos quitar la falda rápidamente y me apresuro a llevar a la fenec al baño.
—Vamos, necesitas remojarlo en agua fría. Déjame ver.
Pero cuando observo sus piernas el terror es mucho mayor, esperaba ver café y una quemadura pero en su lugar veo algo peor.
Tiene un montón de cicatrices horizontales, cortes claramente hechos a propósito. Todos están cicatrizados, también le falta mucho del pelaje.
—¿Que? ¿Quién te hizo esto?
La fenec claramente no está cómoda con la situación, suelta un suspiro y me responde.
—Yo, lo hice yo, fue hace tiempo. —¿Por que te harías daño así?
Se encoge de hombros, no tiene una respuesta para eso. Decido ir un momento hacia la entrada de la habitación para pedirle algo de ropa de recambio.
Aprieto el botón para hacer a petición.
—Por favor, necesito un recambio del uniforme de la señorita...
¿Cuál es su nombre?
—¿Cómo te llamas? —Grito hacia el baño. —Nira. —Responde de vuelta.
Vuelvo a dirigirme al intercomunicador de nuevo.
—Para la señorita Nira. —De acuerdo, enseguida.
El intercomunicador se queda en silencio y vuelvo al baño.
—¿Te duele mucho? —No, ya estoy acostumbrada al dolor.
Me acerco y la observo mientras aun sigue remojándose en agua fría.
—Dices que hacías eso hasta hace un tiempo. ¿Qué pasó? —Empecé a trabajar aquí. —¿Trabajar aquí te ha ayudado? —Si, bueno al principio seguía haciéndome daño pero me descubrieron, el presidente puso a gente para vigilarme. —¿Pensaban que podrías hacer algo peor? —Si, pensaban que me suicidaría. Cada día revisaban mi habitación por si escondía una navaja o una cuchilla. —Y menos mal que lo hicieron. —Digo sin pensar mucho. —Los odiaba, también desde entonces tengo que hacer sesiones con un psicólogo que eligió el presidente. —Él se debe preocupar mucho por ti. —Si.
De pronto alguien llama a la puerta de la habitación.
—Adelante. —Grito desde el baño.
La asistenta entra y puedo ver que es la felina que tanto miedo me tiene siempre.
Tan pronto como llega a la puerta del baño se queda paralizada, creo que intenta descubrir que ha pasado.
—Se me cayó el café y ella se quemó. —Señalo hacia la fenec. —Entiendo. —Dice la felina. —Gracias por traer la ropa.
La felina asiente y se acerca un poco más a la fenec.
—¿Estás bien Nira? —Si, tranquila, fue un accidente. Sarah no quería hacerme daño. Y me ha ayudado.
Decido que es mejor dejarlas a solas, se ve que se llevan muy bien. Salgo del baño y trato de limpiar un poco todo el desastre con lo que tengo a mano.
Después de unos minutos las dos asistentas salen del baño, la fenec ya está vestida con el uniforme limpio y ambas parece que están bastante contentas.
La felina se acerca a mi.
—Gracias por ayudarla. Aunque no puedo evitar tener miedo de ti. —¿Por que? —Porque los humanos son peligrosos, eso dicen todos. —¿De verdad crees que podría hacerte daño? —Si.
Me rio un poco y decido demostrarle que se equivoca.
—Mírame, ¿crees que puedo hacerte daño con este cuerpo? No tengo garras, ni colmillos como vosotros.
Enseño mis manos y mis dientes.
—Mira, déjame demostrártelo.
Coloco mi mano en su brazo, ella se sobresalta por un momento y mira a la fenec quien la calma.
Comienzo a arañar su brazo, aprieto todo lo que puedo, ella puede notar que realmente estoy apretando mucho.
Una vez que termino señalo hacia el brazo.
—Míralo tu misma, ni un rasguño.
La felina se mira el brazo y efectivamente no hay ni una sola marca, bien podría haberle hecho cosquillas sin más.
—Cierto. —Te dije que no es peligrosa. —Dice la fenec a su lado.